Hay dos tipos de soledad: una se elige, otra está impuesta por las circunstancias. La diferencia entre una y otra es abismal. La primera es fruto de la convicción, de una necesidad interior muy profunda. En cambio la segunda es indeseable; escapa a tu control y te origina frustración.

Si lo piensas bien, la soledad es un estado que puede aportarte muchos beneficios. Eso, por supuesto, no quiere decir que debas resignarte a estar solo si no lo deseas. Más bien es una invitación a que mires todo desde una nueva perspectiva.

Tal vez aprender a valorar la soledad sea un camino para encontrar la compañía que anhelas, aunque te parezca contradictorio.

Estas son tres reflexiones que te ayudarán a ver la soledad de una manera diferente.

  1. En realidad nunca estás solo

La soledad total no existe. Ni siquiera si naufragas y llegas a una isla desierta vas a estar solo. Allí están las plantas, los animales, que también son seres vivos y establecen vínculos con los seres humanos. Mucho menos estás solo si vives en una ciudad o un pueblo comunes y corrientes.

A tu alrededor siempre hay personas. Tal vez no hayas entrado en contacto con ellas, pero ahí están. Tal vez no puedas establecer lazos estrechos con todos, pero sí podrías hacer contacto humano con ellos. ¿Por qué no lo haces, si te sientes solo y no quieres estar así?

A menudo pasamos por alto a muchas personas que vemos diariamente, o nos resistimos a romper las distancias que nos separan de quienes nos rodean. Podrías sorprenderte. Detrás de uno de esos rostros que ves día a día, puede que esté alguien con quien puedas forjar una excelente amistad. Alguien que, quizás, también se está preguntando cómo combatir su soledad.

  1. Una cosa es estar solo y otra muy diferente sentirse solo

En efecto, hay quien vive en medio de un desierto y no experimenta sentimientos de soledad. Otros están rodeados de personas y, sin embargo, se sienten absolutamente solos en el mundo. A veces llamamos soledad a ese vacío interior que no se llena con nada. A veces sentimos que dentro de nosotros hay un abismo profundo y deseamos que alguien nos rescate.

En realidad, la soledad que duele es aquella en la que no contamos ni siquiera con nosotros mismos. Nos tratamos como enemigos. Experimentamos sentimientos de abandono y desvalimiento. No confiamos en lo que somos capaces de hacer y nos parece como si la vida fuera un huracán y nosotros apenas una hoja que vuela al capricho.

En este caso el problema no es la soledad, sino la falta de conexión con nuestros propios deseos. Ahí donde debería estar un sueño, habita un miedo. Ahí donde debería estar el esfuerzo, habita una voluntad de renuncia.

No necesitamos que otro nos rescate. Lo que requerimos con urgencia es cambiar la forma en que nos vemos. Solo cada quien se salva a sí mismo y lo logra a partir de tenacidad y lucha.

  1. ¿De dónde nace tu soledad?

Valdría la pena que te hicieras esa pregunta. “La soledad no viene sola”, como está escrito en un poema de Mario Benedetti. ¿Qué es lo que ha alejado a las personas de ti? Para contestar a este interrogante, no caigas en la tentación de culpar al mundo o a las circunstancias externas.

De una u otra manera, todos somos responsables de lo que nos ocurre y la soledad no es la excepción. Es posible que tu soledad se deba a que eres víctima de tu propio egoísmo. ¿Acoges a quienes se acercan a ti? ¿Los valoras lo suficiente? ¿Les das de ti lo necesario para que establezcan lazos estrechos contigo?

De seguro, tu soledad no es gratuita. Tal vez si reflexionas al respecto puedes encontrar la causa. Y si encuentras la causa, también vas a poder controlar las consecuencias. No te culpes, simplemente toma la responsabilidad sobre tus actos.

Llega a donde quieres llegar!

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