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“Gran cantidad”, “Prosperidad, riqueza o bienestar”. Estas son las dos primeras acepciones que el Diccionario de la Lengua Española (DLE) nos brinda de la palabra abundancia. También nos dice que es “en gran cantidad, copiosamente” y, referido a lo material, a la popular expresión nadar en abundancia, “gozar de gran bienestar económico”. Es lo contrario a escasez, a falta (carencia).

Hubo un día en mi vida en que lo tenía todo y no me daba cuenta. Tenía un techo y también un plato de buena comida en la mesa. Tenía una regadera y una cama blanda con abrigadas cobijas. Tenía un ropero lleno de prendas (muchas no las usaba) y tantos zapatos como para un ciempiés. Tenía muchos juguetes en el armario y todo cuanto necesitaba en el colegio. Pero, tenía más…

Tenía unos padres que, a pesar de sus limitaciones y de sus carencias, utilizaron los recursos que poseían para darnos una educación a mí y a mis hermanos. Tenía una familia algo disfuncional, pero familia al fin, que me rodeaba y me amaba. Tenía muchos amigos, porque era popular, y la vida me sonreía. Tenía más, mucho más de lo que pudiera desear, pero no me daba cuenta.

Un día, uno cualquiera, lo perdí todo, la familia lo perdió todo. Primero, lo material: la empresa que era el sustento de mi familia y muchas otras personas, quebró. Sin previo aviso, sin que fuera posible evitarlo, todo se vino abajo. Primero, lo material y luego, consecuencia de la vida vacía que llevábamos sin darnos cuenta, lo espiritual. El amor se transformó en odio, rencor, resentimiento.

Fue un mensaje de la vida, que no escuchamos; una lección, que no aprendimos. No, al menos, en ese momento. ¿Por qué? Cuando lo tienes todo, cuando lo material está al alcance de tu mano, te sientes el dueño del mundo, en verdad crees que todo aquello te lo mereces por derecho propio, y no lo valoras o, peor aún, le otorga una valor excesivo. Y, ya lo sabemos, los extremos son viciosos.

Viciosos y también, dañinos. Por ejemplo, te nublan la vista, te distorsionan la realidad y te llevan por caminos equivocados. Eso fue, precisamente, lo que viví desde mi adolescencia, durante varios años. Por lo que me enseñaron cuando era niño, estaba convencido de que la solución a mis problemas estaba en lo material, en el dinero, y me di a la tarea de conseguirlo de mil y una formas.

Sin embargo, cada cosa que hice, cada labor que emprendí, cada negocio que inicié, terminó de la misma manera: quebrado. Sí, lo perdí todo una y otra vez. Sin darme cuenta, me había convertido en un experto en fracasar, en replicar los esquemas perversos que habían provocado que mi familia, que mis padres, lo perdieran todo. Esta atrapado en un espiral sin fin, y no podía salir.

Bueno, sí podía, pero la verdad era que no sabía cómo hacerlo. Solo pude empezar a conseguirlo cuando cumplí las dos condiciones indispensables: la primera, ser agradecido con lo que tenía, con lo que la vida me había dado, inclusive lo negativo; la segunda, buscar ayuda profesional idónea. En ese momento, comenzó un fascinante proceso que no termina, y que agradezco infinitamente.

Y en esto último, precisamente, radica la diferencia. ¿Cuál? La diferencia entre la vida que llevaba antes, llena de problemas, de frustraciones y de fracasos, y la que disfruto hoy, pletórica de paz, de tranquilidad, de sueños cumplidos, de abundancia. ¿Recuerdas lo que significa abundancia? Bien, cuando cambié mi vida descubrí que tenía mucha abundancia y me dediqué a cultivarla.

Gracias al conocimiento que adquirí, gracias a la guía y a la luz que mis mentores avivaron en mi corazón, logré dar un giro de 180 grados. Vivía quejándome y renegando por lo que consideraba eran las injusticias de la vida, vivía descargando mi ira contra todo y contra todos y no me daba cuenta de que así me hundía más, vivía un proceso que solo me iba llevar a la autodestrucción.

Lo cambié, afortunadamente lo cambié. Abrí los ojos y vi cuán generosa es la vida conmigo, vi que poseía absolutamente todas las herramientas y recursos necesarios para conseguir lo que quiero, vi que soy una persona afortunada y bendecida que simplemente había elegido un mal camino. Y desde entonces me di a la tarea de agradecer esa abundancia, de crearla y transmitirla.

Cambié el chip: dejé de ver lo negativo, que honestamente era poco y todo fruto de mis errores, de mis acciones y decisiones, y me enfoqué en lo positivo, que es mucho. La vida puso a mi lado a una mujer maravillosa, mi esposa Luciana, que no solo es una compañera maravillosa y una madre ejemplar, sino también mi guía, mi luz; y a mis hijos Juan y Paz, la razón de ser de lo que hago.

La abundancia surge de la gratitud y la gratitud consiste en recibir, apreciar, valorar y aprovechar lo que la vida generosamente te ofrece, las bendiciones que riega sobre ti. Hubo un momento en mi vida en el que tenía todo lo que necesitaba, pero estaba convencido de que era merecía y, por eso, nunca lo valoré, nunca lo aproveché. Hasta que la vida me lo arrebató todo de un tajo.

Aprendí, entendí que nada puedo exigir de la vida, nada puedo esperar de la vida si antes no le doy algo, sino le aporto mucho. Fue, entonces, cuando me dediqué a hacer lo que hago ahora: aprovecho mis dones y mis talentos, mi conocimiento y mi experiencia, mis logros y mis múltiples fracasos, para ayudar a otros a transformar su vida de la misma forma que conseguí hacerlo.

Y, ¿sabes qué? Tú también puedes hacerlo, si quieres. Pero, antes de tomar alguna decisión, un sí o un no, te digo algo: reprogramar tu mente, cambiar tu vida, no significa de manera alguna que estés loco o que padeces problemas mentales. Haz de cuenta que se trata de un mantenimiento de rutina, como cuando llevas el auto al concesionario o cuando el técnico arregla tu computadora.

El problema es que no nos lo enseñan y la vida nos lleva a veces por caminos tortuosos, pero la realidad es que todos, absolutamente todos, debemos reprogramarnos, debemos reinventarnos, y no solo una, sino varias veces. Y no solo en lo personal, sino en los profesional. Ese es el curso de la vida: la dinámica del cambio constante, un cambio que, si lo deseas, trae abundancia a tu vida.

Nos dicen que la abundancia surge de la cantidad de dinero y bienes materiales que poseemos, pero no es cierto. Nos dicen que la vida, en su infinita generosidad, nos brindará lo que queremos, pero no es cierto. Nos dicen que tenemos que ser buenos y seguir un libreto determinado para recibir lo que nos merecemos, pero no es cierto. Nos dicen esto y más, pero son solo mentiras.

La abundancia, entendida como “gran cantidad de prosperidad, riqueza o bienestar”, no es un premio o un resultado. Se trata de disfrutar el proceso, apreciando y valorando lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo; aprendiendo de los errores y, sobre todo, agradeciendo. No lo olvides, por favor, no lo olvides: si quieres abundancia en tu vida, agradece lo que tienes y lo que no has recibido aún…

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