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El ser humano, tristemente, vive más de ilusiones que de certezas. Vivimos en función de ojalá cambiar un pasado que ya no existe y de ojalá nos suceda algo en un futuro que todavía no llegó. Es una incómoda situación a la que nos enfrentamos especialmente cuando desconocemos quiénes somos, cuánto valemos y cuál es el propósito de nuestra vida. ¡Toda una pesadilla!

Nunca había prestado mi atención a esto, pero un día lo hice después de leer algo en internet. El dichoso ojalá es una de las palabras que pronunciamos con más frecuencia, cada día. Lo hacemos de manera inconsciente, automática, como si al decirla en voz alta se produjera algún fenómeno raro y se solucionaran nuestros problemas. Sin embargo, sabemos que no es así como ocurre.

“Ojalá los exámenes médicos resulten bien”, “Ojalá el jefe acceda a subirme el salario”, “Ojalá pueda conquistar ese chico”, “Ojalá tenga suerte en la lotería”, “Ojalá mi equipo gane el título del campeonato”…, son pensamientos que tenemos todos los días. Es fruto de las creencias con que nos criaron y por cuenta de las que creemos que si deseamos algo con intensidad va a suceder.

Y sucede, a veces sucede, porque la vida es maravillosa y a veces nos da lo que deseamos. Quizás los exámenes médicos indican que no sufres alguna enfermedad grave, quizás el jefe reconoció tu trabajo y te mejoró el salario, quizás lograste llamar la atención de aquel chico que te gusta, quizás te ganaste unos pesos en la lotería, quizás disfrutaste la felicidad de celebrar un título de tu equipo.

Sin embargo, así no funciona la vida, no toda la vida. Si fuera tan fácil, bastaría con desear “quiero se multimillonario para dedicarme a viajar y a darme lujos”, pero no es así.  Si fuera tan fácil, bastaría con pensar “me gusta esa chica y quiero que sea mi pareja”, pero no es así. Si fuera tan fácil, bastaría con pensar “quiero una vida sin problemas, complicaciones y errores”, pero no es así.

De hecho, muy pocas veces es así. La mayoría, la vida, caprichosa y traviesa como es, nos lleva por caminos sinuosos, por destinos insospechados que nos sorprenden, para bien y para mal. Y esa es, precisamente, la fuente de muchas de nuestras desdichas, de nuestras tristezas: nunca, o casi nunca, estamos conformes con lo que la vida nos ofrece, con lo que generosamente nos da.

Vivimos con expectativas muy elevadas, que casi nunca se cumplen. Entonces, nos convencemos de que la vida está en deuda con nosotros y nos llenamos de frustración, de amargura. Y así, la vida no es agradable. Hagas lo que hagas, tengas lo que tengas, recibas lo que recibas, nunca vas a estar satisfecho, nunca vas a apreciar o a aprovechar lo que te hace un ser único y especial.

El problema, ya lo mencioné, es que no sabes quién eres, qué quieres, cuánto vales. Y eso es como estar solo y perdido, en medio de la oscura noche y sin brújula, en un espeso bosque. Y no te gusta tu trabajo, y no te gusta tu pareja, y no te gusta tu entorno, y no te gusta tu vida. Vives intoxicado en un ambiente que, irónicamente, tú mismo creaste por esa manía de vivir de los ojalá.

Lo primero que puedes hacer es soltar el pasado. Es difícil, eh, vaya si lo sé. Pero, también sé que se puede porque yo lo logré. Depende de tu convicción, de que valores lo que posees y, sobre todo, de que aproveches el presente, que, al fin y al cabo, es lo único que tienes. Lo segundo, liberarte de las expectativas del futuro, que no ha llegado y que está determinado por lo que haces hoy.

¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿Eres feliz con lo que haces? ¿Eres feliz con la gente que te rodea? ¿Es la vida que siempre soñaste para ti? ¿Aprovechas lo dones y talentos que la vida te dio? ¿Sabes cómo conseguir aquello que deseas? ¿Cuentas con la ayuda idónea necesaria para alcanzar lo que te propones? ¿Si hoy te fueras de este mundo estarías satisfecho con tu legado?

Ten en cuenta algo: la vida es un profeso y, por eso, es normal que no hayas conquistado todas tus metas. Se trata de un proceso que, valga decirlo, nunca termina. Entonces, no puedes sentirte mal porque todavía no lograste lo que querías. Eso es normal. Lo que no es normal, y no está bien, es que tu vida vaya por un rumbo distinto, opuesto al de tus sueños, y que no disfrutes ese viaje.

Ahora, ¿tienes un plan de acción? ¿Sabes cuáles son las herramientas y los recursos que requieres para conseguir lo que deseas? ¿Has avanzado algo o todavía estás en el punto de partida? ¿Las acciones que ejecutas y las decisiones que adoptas son las correctas? ¿las que te llevarán adonde quieres estar? Mientras llegas a eso que deseas, ¿te preparas, promueves tu desarrollo personal?

Si vas a esperar que las cosas sucedan para, ahí sí, tomar acción, déjame decirte que esa no es una buena idea. Recuerda que el ser humano, vive más de ilusiones que de certezas. Vive en función del ojalá, de la esperanza de cambiar un pasado que ya no existe y de la expectativa de que nos suceda algo en un futuro que todavía no llegó. Y así se nos pasa la vida, se nos va la vida.

No olvides, tampoco, que nada de lo que sucede en tu vida, bueno o malo, positivo o negativo, es fruto de eso que llamamos destino, o de una casualidad (los planetas se alinearon). Se trata, más bien, de causalidad, es decir, de la ley de la causa y el efecto. Eso significa que tienes en tu vida solo lo que tú has sido capaz de crear. Si algo te hace falta o no te agrada, es tu responsabilidad.

Conozco a muchas personas que eligen dejarse llevar por la corriente, que viajan por la vida a la deriva y luego se quejan porque no llegan al puesto que deseaban, porque no consiguen lo que querían. Abre tus ojos y mira cuántas bendiciones hay en tu vida, cuánto bienestar hay a tu alrededor, a pesar de que no sea una vida perfecta, de que no tengas todo lo que anhelas.

La vida no es fácil, y no tiene por qué serlo. Pero, a pesar de las vicisitudes, de las dificultades, de los sinsabores, es maravillosa. Yo lo compruebo cada día cuando despierto y veo a Luciana, mi mujer, cuando recibo el cálido abrazo de mis hijos, cuando tengo la oportunidad de ayudar a alguien a transformar su vida, cuando recibo la bendita recompensa de la gratitud de mis clientes.

Lo que sí tengo claro es que todo cuanto sucede en ella es fruto de mis acciones y decisiones, de lo que hago y de lo que dejo de hacer. Y solo le pido a la vida que ojalá la próxima decisión sea la correcta, que mi siguiente estrategia sea la exitosa, que el nuevo aprendizaje sea el que me lleve a donde quiero estar. Ese es un compromiso que hice conmigo mismo cuando tomé las riendas de mi vida.

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