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Si creíamos que había motivos para quejarnos de lo ocurrido en 2019, el 2020 comenzó recargado, con líos, problemas y tragedias por doquier. Devastadores incendios forestales en Australia, con incalculables e irreparables daños a la naturaleza; vientos de guerra que soplan en Oriente Medio y revueltas sociales que no cesan en diferentes puntos de nuestra querida Latinoamérica.

No suelo estar conectado a los canales de noticias, a los medios de comunicación, porque hace varios años decidí dejar de contaminarme con sus mensajes tóxicos, destructivos y negativos. Por supuesto, este hábito mejoró ostensiblemente mi nivel de tranquilidad, mi paz interior y, lo mejor, me ayudó a concentrarme en lo que realmente vale la pena: mi vida, el bienestar de mi familia y poder empoderarme para empoderar a otros.

De eso conversaba en estos días con unos familiares mientras nos tomábamos unos mates. Fue una charla agradable, con variados puntos de vista y una conclusión unánime: la maldad del ser humano. Y, antes de seguir, es pertinente que algo quede claro: nadie, absolutamente nadie, nace malo. La maldad es un producto terrenal, fruto de cómo las personas asumen y enfrentan la vida. Y también esconde una programación mental determinada por su entorno.

Basta salir a la calle para que la realidad nos sorprenda con manifestaciones diversas de maldad. Personas que explotan a los niños, que abusan de las mujeres o de los adultos mayores, que se aprovechan de los que carecen de educación o de recursos, que maltratan a los animales, en fin. A cada paso compruebas que muchas personas en el mundo están envenenadas, que hay mil y una amenazas por doquier.

No cabe duda de que es cierta aquella famosa frase de “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”, acuñada por el filósofo y escritor suizo Jean-Jacques Rousseau, por allá en 1755. Y no solo es cierta, sino que cada día cobra vigencia gracias al comportamiento de muchas personas que dedican su vida, a veces inconscientemente, a librar una recia batalla contra el universo.

La maldad es fruto de las creencias limitantes con las que programan nuestro cerebro cuando somos niños, por un lado, y de hábitos adquiridos, de comportamientos copiados, del ejemplo de nuestro entorno, por otro. Es tanto una manifestación de falta de autocontrol como de carencia del conocimiento y de las herramientas para no caer en la tentación de hacer el mal.

¿Por qué una persona en pleno uso de sus cabales puede agredir a su pareja y hasta quitarle la vida? ¿Por qué hay personas que sacian su impotencia o su ira agrediendo a su mascota? ¿Por qué alguien puede tomar un arma y disparar indiscriminadamente contra inocentes? ¿Por qué hay jóvenes que se convierten en asesinos? ¿Por qué hay personas que agreden sexualmente a los menores?

Es un cóctel explosivo: la sumatoria de creencias limitantes, de ignorancia, de hábitos adquiridos y de comportamientos emulados. En este último caso, gran parte de la responsabilidad corre por cuenta de los medios de comunicación y, hoy, de las redes sociales. Unos y otras se convirtieron en cloacas, en escenarios por los que se pasean orondos los más bajos instintos del ser humano.

Las series de dibujos animados, que cuando yo era niño nos hacían reír y nos entretenían, ahora son maestrías de violencia en sus más diversas manifestaciones. Matoneo, agresiones, muerte, envidia, egoísmo, celos y otra suerte de defectos del ser humano son la columna vertebral de los libretos. Por supuesto, son mensajes muy peligrosos que llegan sin filtro a la mente de los niños.

Y ni hablar de las series o novelas para adultos, que son un arsenal de conductas destructivas y tóxicas, un verdadero manual del lado oscuro del ser humano, de lo que no debería ser. Odios, venganzas, envidias, matrimonios por conveniencia, divorcios por dinero, sexo desenfrenado, en fin. Nos encanta lo malo, lo podrido, lo que destruye y lo consumimos con agrado, con placer.

Por supuesto, sería muy hipócrita adjudicarles toda la responsabilidad, o la culpabilidad, a los medios de comunicación o a las redes sociales, que en últimas no son más que el fiel reflejo de la sociedad, de los seres humanos que componen determinada comunidad. Ellos son como nosotros y nosotros somos como ellos: tristemente, estamos hechos el uno para el otro, y así nos va.

Una persona que desarrolla maldad es fruto del entorno que la rodea. Es sabido que muchas de las personas que desarrollan conductas violentas o agresivas son niños que sufrieron maltratos diversos o que crecieron en ambientes en los que abundaban estos males. No es una justificación, por supuesto, pero sí un atenuante, una señal de alerta que la mayoría de las veces no atendemos.

La maldad, por lo general, es una respuesta a situaciones de sufrimiento que sobrepasaron el límite y que, además, pueden estar agravadas por el entorno. Es claro que muchas de las personas malas no tienen una vida fácil, pero también lo es que, si se hubieran aplicado los correctivos necesarios en el momento indicado, seguramente el origen del problema podría haberse controlado.

La maldad es una manifestación de desequilibrio emocional. Habitualmente, es una respuesta inconsciente o incontrolada a una situación en la que esa persona se siente amenazada. Dado que no puede controlar sus emociones, que no puede canalizarlas positivamente, las deja aflorar libremente, sin filtro, sin medir las consecuencias, sin reparar en los daños que se causen a otros.

“Es que me provocó”, “Él me ofendió primero”, “Le advertí que no me contradijera” y otras muchas más excusas se esgrimen para tratar de defender lo indefendible, para justificar lo injustificable. La maldad, provenga de donde provenga, responda a lo que responda, nunca debe admitirse, nunca debe aplaudirse, nunca debe cultivarse. Recuerda: “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”.

El problema es que todos estamos expuestos a reaccionar con maldad, a desarrollar el hábito de la maldad. Somos vulnerables a sus causas y esclavos de sus efectos. Por eso, es vital aprender a bloquear nuestra mente a los mensajes de la maldad, cerrarles las puertas de nuestra vida a esos comportamientos que reiteran la maldad una y otra vez, blindarnos a través del conocimiento.

Al tenor de unos deliciosos mates, con mis familiares convinimos en ayudarnos unos a otros a evitar que la maldad llegue a nuestras vidas, que provoque daños en nuestras vidas. Nuestro paso por este mundo es efímero y no podemos permitir que lo nocivo nos arrebate la tranquilidad, la paz, la felicidad y la abundancia que nos merecemos. “Los buenos somos más y vamos a ganar”, dijimos.

Una de las tareas que debemos aprender es la de identificar aquellas situaciones que nos llevan a reaccionar con maldad, para erradicarlas de nuestra vida. Si es un trabajo, si es tu pareja, si es un ambiente tóxico, la solución es alejarnos, poner barreras que impidan que su impacto nos afecte. No olvides que tú eres el primer guardián de tu felicidad, el primer responsable de tu tranquilidad.

También es imprescindible aprender a gestionar las emociones que desatan la maldad. Lo primero es conocerte, saber cuáles son tus puntos débiles, y trabajar para controlar esos disparadores. Desarrollar las virtudes de la tolerancia y la paciencia es útil, así como cultivar el hábito de respirar profundo y pensarlo dos veces antes de hablar, de reaccionar instintivamente, con maldad.

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