fbpx

Dejar atrás, superar y seguir adelante. Aunque no nos damos cuenta, cada día, todos los días, acumulamos heridas. Algunas se curan rápido y solo nos dejan una cicatriz para que no olvidemos el motivo que la generó. Otras, en cambio, permanecen abiertas y nos provocan un sufrimiento que, con el paso del tiempo, se convierte en una carga pesada, difícil de llevar. ¿Qué hacer?

El mundo moderno, en especial ahora que a través de las redes sociales el menor detalle es maximizado, es fuente constante de mensajes cargados de poder destructivo. El sexismo, la discriminación en sus diferentes facetas, el matoneo, la mentira y la calumnia vuelvan silvestres por doquier y hacen daño, mucho daño. Nos dejan heridas con las que tenemos que lidiar.

Y, la verdad, no estamos preparados para hacerlo. ¿Por qué? Porque nos enseñan que el dolor es necesario y que hay que cargar con él, como si llegáramos a este mundo a pagar una penitencia, a saldar una deuda del pasado, de otra vida. Y no es así, por supuesto. El dolor es algo inevitable, algo propio de la vida, mientras que el sufrimiento es una opción, una elección que hacemos.

Sin embargo, asumimos la vida como si la felicidad fuera un pecado, cuando en realidad es un privilegio que está al alcance de la mano de cualquiera, al alcance de tu mano. La tomas o la dejas, así de sencillo. Y ser feliz significa entender que los episodios que nos provocan dolor están ahí para alertarnos, para brindarnos valiosas enseñanzas, pero el sufrimiento es un daño elegido.

Una de las situaciones más comunes en la que no sabemos gestionar la herida es cuando se acaba una relación, de amistad o de pareja. Está claro que se trata de un momento difícil, que no es agradable en ningún sentido y que suele dejar secuelas, heridas. Lo malo es que hay personas que se apegan a esos recuerdos, a esa otra persona: ellas mismas se encargan de echarle sal a la herida.

Entonces, su vida entra en una especie de espiral, en un círculo vicioso en el que dan vueltas y más vueltas, sin conseguir salir de allí. Solo es más dolor y más sufrimiento, hasta que la vida, en todas sus facetas, se convierte en una tragedia imposible de soportar. La que en el comienzo fue una herida pequeña nos encargamos de agrandarla y trasladarla a cada aspecto y actividad de la vida.

“Aguanta, que el tiempo lo cura todo”, nos dicen, pero no es cierto. Aguantar en la realidad no es más que asumir una actitud pasiva, quedarnos inmóviles a la espera de que el tiempo se encargue de solucionar el problema. Por supuesto, no ocurre nada. Por el contrario, a medida que pasa el tiempo la herida crece y produce el efecto contrario: nos llenamos de resentimiento, de rencor.

¿Entiendes cómo funciona esa cadena de acontecimientos negativos? Y, lo peor, es que todo surge de tu mente, de tus creencias, de los hábitos que has adquirido al copiar y poner en práctica el ejemplo de quienes te rodean, de aquellos que te enseñaron a sufrir. El problema es que, si no aprendes cómo detener esa cadena, la herida estará presente, aunque tú no la percibas.

Otra situación en la que estamos expuestos a la dificultad de sanar una herida es cuando sufrimos una pérdida, de un familiar, un amigo o, inclusive, de una mascota. El sufrimiento que nos provoca esa herida es tan fuerte, tan intenso, tan persistente, que la única manera que hallamos para evitarlo es bloquear los pensamientos, es decir, hacer de cuenta que nada ocurrió.

Por supuesto, esa no es una buena estrategia. En tu mente, que ya sabemos que es traviesa, el recuerdo está vivo, vigente. Es como cuando prendes la chimenea y dejas que el fuego consuma la leña; en algún momento, crees que se extinguió, pero la verdad es que ahí debajo, donde tú no puedes ver, hay brasas que siguen ardiendo, que se van a demorar un tiempo en apagarse.

Que tú mires para otro lado, que te deshagas de los elementos que te recuerdan a esa persona, que te mantengas ocupado todo el tiempo con la idea de no permitir que esos recuerdos afloren, de nada sirve. En algún instante de flaqueza, cuando menos lo esperes, algo o alguien activará de nuevo ese recuerdo y tu castillo de naipes se derrumbará. Hacer de superhéroe no es buena idea.

¿Qué hacer, entonces? El comienzo es saber cuál es el origen del problema, cuál es esa herida que no sana, que nos provoca sufrimiento. Ser conscientes de dónde estamos parados es el primer paso para avanzar, para salir de allí. Entonces, hay que despojarnos de los miedos y enfrentar el problema con la decisión de superarlo, con la conciencia plena de que somos más fuertes que él.

Es importante que vayas hasta el fondo, hasta el origen. ¿A qué me refiero? A veces, nos quedamos en las manifestaciones del problema y nos olvidamos de lo que lo creó. Solo si llegas hasta el fondo tendrás posibilidad de cerrar el círculo, de extirpar el mal. Esa es la única manera de sanar, de dejar atrás ese episodio que nos produce pesar, de dar la vuelta a la página y seguir adelante.

Identificado el problema de fondo, el origen, el siguiente paso es determinar cuál es el aprendizaje que encierra, por qué razón la vida nos enfrentó a esa situación, cuál es el mensaje que esconde. Algo que debemos aprender es que las situaciones que vivimos, especialmente las negativas, incorporan una lecciones que podemos aprender; depende de nosotros aprovecharlas o desecharlas.

Después, como cualquier herida, como cuando te raspas la rodilla y el brazo después de haber caído de la bicicleta, lo que sigue es aplicar los primeros auxilios, es decir, aplicar las medidas que van a permitir que la herida sane por completo y, ojalá, no deje cicatriz alguna. Como mencioné antes: no puedes sentarte a esperar que el tiempo lo cure; tienes que entrar en acción.

Lo primero, además de ser consciente del problema, es saber cómo nos afecta: depresión, angustia, miedo, apego, resentimiento o cualquier otra emoción negativa. Segundo, entender que no es justo castigarnos de esa manera, con esa pesada carga, porque nuestra única misión en este mundo es ser felices: no mereces condenarte a padecer ese sufrimiento continuo, permanente.

El tercer paso es aplicar los correctivos y esta, seguramente lo sabes, es la parte difícil. ¿Por qué? Porque significa tomar las medidas necesarias para acabar con todo aquello que te ata a ese dolor, que te provoca ese sufrimiento, que impide que la herida se cierre y sane. Implica liberarte de cargas, alejarte de los ambientes, personas o recuerdos que te vinculan al origen del problema.

Ese hecho que en algún momento nos hizo daño, que generó la herida que provoca sufrimiento, no ocurrió por casualidad: es un mensaje de la vida, una voz de alerta para que seamos consciente de algo que no funciona bien en nuestra vida. Depende de cada uno descifrar ese mensaje, incorporar ese aprendizaje, dar vuelta a la página y seguir adelante. Porque, nos guste o no, la vida continúa…

>
Ir arriba