No es cuánto vales, sino por qué vales

Se acercan las vacaciones del verano en Argentina, una época en la que los días se hacen más largos y las aventuras brotan silvestres. Como, también, los conflictos familiares. María apenas se repone del desgaste que supusieron las fiestas decembrinas y ahora tiene en la puerta un problema que no sabe cómo resolver. Lo que más la incomoda es la fuente: su hijo Franco.

“Pablo, tú sabes que Franco es un lucero, que a sus 13 años ese un niño es mi orgullo, en especial porque nunca me arma quilombos como su hermana Ema. Bueno, casi nunca”, comenzó María en la primera sesión de consultoría del 2020. Su rostro reflejaba el cansancio por el estrés acumulado en las últimas semanas del año pasado y denotaba la urgencia de hacer un corte para descansar.

Como pocas veces, se veía distraída. Su mirada divagaba en el horizonte, perdida, como cuando uno está tirado en la playa mirando al infinito. Y también estaba abstraída, porque perdía el hilo de la conversación con frecuencia y me obligaba a repetirle lo que le acababa de decir. Y estaba nerviosa, sin poder mantener quietas las manos: jugaba con lo que estuviera a su alcance.

“Tuvimos una fuerte discusión, como casi nunca ocurre con Franco. Me dijo que no va a ir con la familia a las vacaciones que planeamos en las cataratas de Iguazú, sino que viajará con unos amigos al sur, a la Patagonia, me contó. “Por supuesto, le dije que no. Es solo un pibe y no puede hacer lo que quiera, menos si se trata de un viaje como ese, sin su familia, sin sus padres”, agregó.

Fue, entonces, cuando descubrió una cara hasta entonces desconocida de su hijo: la ira. El carácter de Franco es parecido al de su padre Manuel, un tipo sencillo, humilde, dócil y noble. De esas personas que parecen blindadas contra los problemas, que casi nunca se salen de casillas y que saben controlar sus emociones. Por eso, la reacción del jovencito sorprendió tanto a María.

“A todos mis amigos ya les dieron permiso. No puedo ser el único que no vaya”, reclamó en tono airado Franco. “Siempre tomé las vacaciones con ustedes, pero ahora quiero ir con mis amigos”, complementó, lejos del tono conciliador de costumbre. Y así, entre quejas y respuestas, la temperatura de la discusión subió hasta un punto en el que jamás había estado. ¡Fue candente!

Por supuesto, María no pudo conciliar el sueño. Toda la noche se la pasó dando vueltas en la cama y ni siquiera se atrevió a contarle a su esposo lo que había sucedido: entendía que ese era un tema que debía resolver ella con su hijo, y marcar un precedente. A la mañana siguiente intentó abordarlo, pero el pibe no le dio opción y, para evitar un nuevo enfrentamiento, lo dejó así.

Pasaron tres días antes de que la situación se descomprimiera. Franco, noble, abrió la puerta, aunque se mostró firme en su decisión. “Mis amigos del colegio se burlan de mí y me dicen que todavía soy un niño de mamá, que no puedo hacer nada sin ella”, se quejó. “Si no voy con ellos, no valgo nada, mamá. Tengo que ir para demostrarles lo que valgo, que vean que soy un hombre”, agregó.

Cuando María escuchó esos argumentos, no podía creer. Por un lado, sintió orgullo de madre al ver que su hijo de 13 años ya no se comportaba como un niño, sino que quería tomar las riendas de su vida, tomar sus propias decisiones, y era algo que le parecía bien. Sin embargo, lo que no le agradaba era el origen de ese repentino despertar adolescente, y lo que este escondía.

Franco, me cuenta María, es un chico de pocos amigos, que es muy disciplinado con sus deberes de la escuela y que en casa se la pasa jugando con la play. No es muy sociable y siempre acató de buena gana compartir con la familia en las vacaciones, de ahí que esta actitud la sorprendió fuera de base. “Me aterra, Pablo, que mi hijo desarrolle este carácter fuerte, que se vuelva terco”, dijo.

La verdad era que Franco estaba dejando de ser un niño y se convertía en un hombrecito, en una persona autónoma. Además, según me cuenta María, es un pibe muy seguro de sí mismo, un rasgo que ahora salía a flote. Para él, además de su familia, y por encima de sus primos, están sus amigos del colegio, que son solo 3 o 4. Con ellos es otra persona, un chico alegre y extrovertido.

Por eso, lo que ellos digan o lo que piensen de él lo mortifica tanto, lo condiciona. De hecho, en la charla que tuvieron, Franco le comentó a su mamá que temía perder a sus amigos si no iba al paseo a la Patagonia. “Es muy importante para mi vida”, le dijo, le imploró. Fue, entonces, cuando María entendió que había un problema de fondo, porque un viaje no podía transformar a su hijo.

“María, no te alteres. Sí hay un problema, pero la solución está en tus manos. Lo que ocurre es que tu hijo está en una edad en la que las crisis son habituales, entre ellas, la de saber quién eres y cuánto vales. Y, por lo que les enseñamos, ellos entienden que no pueden ser menos que sus amigos, que no pueden quedarse atrás. Conciben la vida como una competencia”, le dije.

Es algo que yo mismo vivo en carne propia, porque también tengo hijos que van de la niñez a la adolescencia. Y, aunque les inculco otros valores, aunque les remarco cada día cuán valiosos son, la presión social a la que están expuestos es muy fuerte y los condiciona. En el caso de Franco, además, una actitud de sus padres le ha bajado la autoestima y, por eso, duda de su real valía.

Resulta que el pibe es un dibujante fantástico, y lo sé porque en sesiones anteriores María me trajo algunos de sus trabajos. Sin embargo, ella y Manuel no quieren cultivarle esa pasión porque, dicen, “de eso no vive, se muere de hambre”. Y, por el contrario, le exigen que se ocupe de las asignaturas duras, como matemáticas o lengua, “para que pueda conseguir un buen trabajo”.

“Tu hijo está en una etapa muy difícil y muy importante, en la que las creencias y los valores se afirman para el resto de la vida. Tienes que darle libertad para que se conozca, para que descubra quién es, qué quiere, para que vea cuáles son sus fortalezas y sus debilidades. Si tratas de forzarlo a seguir un camino que él no elige, lo único que vas a conseguir es que saque a flote su rebeldía”, le dije.

Le sugerí que volviera a sentarse a conversar con su hijo, pero ya no del destino de las vacaciones, sino de algo verdaderamente importante: su autoestima. Que lo enseñe a sentirse valioso no por lo que tiene (lo material) o por lo que digan otros (así sean sus amigos), sino por ser consciente de sus dones y talentos, porque entiende que es alguien útil al que su familia ama y valora.

Al retirarse, María lucía algo menos inquieta. “Gracias, Pablo, voy a habla con Franco y le voy a compartir esto que me acabas de decir”. Hasta la discusión con Franco, ella misma no se había dado cuenta de cuán valioso es su hijo y, sobre todo, de cuán importante es dejar que los pibes crezcan y asuman las riendas de su vida, que tomen sus propias decisiones. Esa fue una lección que la marcó.

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