¿Dinero? ¿Propiedades? ¿Empresas? ¿Posición social? ¿Lujos? ¿Vacaciones en parajes idílicos? O, más bien, ¿salud?, ¿paz?, ¿tranquilidad?, ¿relaciones sanas?, ¿abundancia?, ¿tus necesidades básicas cubiertas?, ¿generosidad para compartir con otros lo que eres y lo que tienes? Antes de dar una respuesta, por favor, no cometas el error de creer que se trata de una discusión bizantina.

¿Qué es para ti la prosperidad? ¿Lo material? ¿Lo espiritual? ¿Una combinación de ambas? Bien, comencemos por lo teórico, por la definición que nos brinda el Diccionario de la Lengua Española (DLE): “Condición de próspero”, primero; “Curso favorable de las cosas”, segundo; y “Buena suerte o éxito en lo que se emprende, sucede u ocurre”, después. ¿Qué opinas, estás de acuerdo?

Profundicemos un poco, a ver si hallamos la respuesta anhelada: “Próspero, dicho de una cosa que es favorable, propicia, venturosa” o también “dicho de una persona o de una cosa, que tiene éxito económico”. No sé tú que piensas, pero estas definiciones teóricas están alejadas de lo que en la vida real es la prosperidad. Pero, no te preocupes: es algo que suele suceder con frecuencia.

Por ejemplo, cuando tratamos de definir el éxito o la felicidad. Lo que dice el diccionario es apenas una arista del problema. La respuesta se encuentra más adentro, más en el fondo, y está conectada con nuestra visión de la vida. ¿Eso qué significa? Que cada uno tiene una definición propia, particular, por supuesto diferente a la del resto de personas. Y, créeme, eso es bueno.

¿Por qué? Porque cada ser humano es distinto de los demás, es único e irrepetible. Lo primero que debemos convenir, entonces, es que la prosperidad no es lo que nos dice el diccionario. Lo segundo, que es importante, que se trata de una construcción propia. Lo tercero, derivado de lo anterior, que se trata de una elección de vida, de una decisión, no de una imposición social.

Y es cuando llegamos al fondo del asunto: la mayoría de las personas no alcanza la prosperidad, no puede construir la prosperidad que desea en su vida, porque se limita a seguir los patrones que fueron diseñados por otros, porque aquello que consigue no está conectado con sus principios y valores, con sus dones y talentos, con sus sueños. Aunque obtengan mucho de eso, es algo vacío.

Por eso, conocemos a muchos que, a pesar de ser millonarios y reconocidos, de gozar de posición y lujos, no son felices, no viven en paz, viven enredados en relaciones tóxicas y al final pierden lo que obtuvieron, lo desperdician, o simplemente no lo disfrutan. Creen que lo tienen todo, y es así en el aspecto material, pero en su vida no hay felicidad, no hay abundancia, no hay prosperidad.

El dinero, la riqueza material, es una recurso que eventualmente (no necesariamente) nos ayuda a construir la prosperidad que deseamos. Y hago énfasis en no necesariamente en alusión al ejemplo que acabo de mencionar. Si no fuera así, cualquiera con dinero y propiedades sería próspero, pero ya sabemos que no es así: es un medio para alcanzar la prosperidad, no la prosperidad misma (el fin).

Prosperidad es bienestar, es abundancia, es tranquilidad, es paz, es crecimiento continuo, es aprendizaje, es conectar tus dones y tus pasiones con tus principios y valores y utilizar este kit de herramientas para construir la vida que deseas y para compartir lo que eres y lo que tienes. Si estás de acuerdo con esto, entonces, debes saber algo más: la prosperidad nace en tu interior.

¿Cómo así? La prosperidad no llega de afuera a tu vida, sino que surge de tu interior y se cristaliza cuando la compartes con tu mundo, con quienes te rodean, con las personas a las que puedes ayudar. ¿Entiendes? Primero construyes la prosperidad dentro de ti y luego puedes regar esa semilla por doquier para que se multiplique y regrese a ti de diversas formas maravillosas.

Ahora que ya sabes esto, puedes comenzar la tarea de crear prosperidad en tu vida. Lo primero es que definas qué es prosperidad para ti. ¿Dinero? ¿Salud? ¿Bienes materiales? ¿Amor? ¿Viajes? ¿Tranquilidad? La dificultad para conseguir la definición radica en que es necesario que te conozcas muy bien, que sepas en realidad quién eres, que haya establecido qué quieres en tu vida.

Si aún no lo sabes, ese es el comienzo. Por supuesto, tu prosperidad no puede responder a las expectativas de otros como tus padres, tu familia, tu pareja, tu jefe en el trabajo. Es, como ya lo mencioné, una construcción propia. Debe estar en concordancia con tus principios y valores, con tus dones y talentos, con tus sueños, con tus pensamientos y creencias y con tus acciones.

¿Ahora entiendes por qué tan pocas personas logran la verdadera prosperidad? No es fácil. Además, como se trata de una construcción, implica un proceso y ese proceso requiere unas metas, un plan, una estrategia. Y, no lo olvides, ayuda profesional capacitada, es decir, la guía de personas que ya son prósperas, que ya han ayudado a otros a conseguir la ansiada prosperidad.

Primero debes conocerte, saber quién eres y qué quieres en la vida. Después tienes que comenzar a trabajar en borrar de tu mente las creencias limitantes que te impiden avanzar, esas voces internas que te incitan al no puedes, no lo intentes, quédate en la zona de confort. Puedes comenzar solo, pero no creas que vas a terminar solo: sin ayuda, seguramente fracasarás.

Más que objetivos materiales, tales como conseguir un determinado puesto, alcanzar cierto nivel de reconocimiento, atesorar riqueza o ser famoso, piensa en logros espirituales que te permitan construir tu mejor versión, que te motiven a levantarte cada día con motivación, con entusiasmo. No te impongas techos: los beneficios que te ofrece la vida, si así tú lo decides, son ilimitados.

Mi consejo, que es la misma estrategia que aplico en mi vida, es que vivas cada día al máximo, como si fuera el primero, como si fuera el último. Despójate de la carga del pasado y no te dejes llevar por la ansiedad del futuro: concéntrate en el presente, vívelo, disfrútalo, aprovéchalo. Valora lo que cada día te da, extrae lo positivo de tus errores y no te detengas: es un proceso.

Recuerda algo crucial: el mejor día para ser feliz, abundante y próspero es hoy. No ayer, no mañana, sino hoy. Acepta de buena gana los tropiezos, que se presentarán aunque trates de evitarlo, y rodéate de personas que estén en la misma búsqueda de tú. Eso te ayudará en los momentos de flaqueza, de dudas, cuando la incertidumbre te acose. Elige lo positivo y constructivo.

No dejes para mañana la prosperidad que puedes construir y disfrutar hoy. Es la base sobre la que reposan tus sueños, el punto de partida del bienestar que quieres para ti y los tuyos, para tu empresa o negocio. No lo olvides: igual que la felicidad y el éxito, la prosperidad no está al final del camino, en un lugar determinado, sino que se encuentra en el proceso. ¡Disfrútalo!

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