fbpx

Poco a poco se consumen los días y el calendario nos indica que este año pronto se va a acabar. Y no sé si es por costumbre, por estar a tono con los demás o simplemente por ingratitud con la vida, la mayoría de las personas está angustiada y, sobre todo, abrumada. ¿Por qué? Porque “este año no se hizo nada”, dicen, con un claro dejo de frustración. Una sensación muy desagradable.

Recientemente, en una reunión con unos familiares, uno de ellos, precisamente, expresó esa queja. “No, Pablo, este no fue mi año. Todo me salió al revés y, si no se termina pronto, me voy a enloquecer”, me dijo apesadumbrado. En silencio, un poco sorprendido, escuché sus lamentos y me mordí la lengua para evitar hacer algún comentario que hiriera sus susceptibilidades.

¿Por qué? Porque lo peor que puedes hacer con una persona que asume esa actitud negativa y derrotista es llevarle la contraria. ¡Ahí se arma Troya! De hecho, las personas en esta posición lo que claman en silencio es que les permitan desahogarse, que los dejen sacar ese resentimiento que los carcome internamente, ese frustración porque son incapaces de darle un rumbo a su vida.

Y este, justamente, es el punto álgido. Por lo general, al comenzar un nuevo año, las personas se fijan una metas, sueñan con logros significativos, se entusiasman con lo que les pueden deparar esos 365 días. Por supuesto, ese es el origen del problema: por un lado, las expectativas, que son demasiado elevadas; por otro, que nos damos el lujo de vivir la vida sin un plan, a la deriva.

Queremos de la vida más de lo que nosotros le damos a ella. Nos creemos merecedores de lujos, privilegios y bendiciones, pero la verdad es que la vida no es así. Cosechas lo que siembras, recibes lo que das, así de simple. Si riegas tu semilla en un suelo que no es fértil, tarde o temprano se secará; si la riegas en un lugar donde comienza a germinar, pero no la cuides, quizás se muera.

Lo mismo sucede con nuestros planes, con nuestros sueños: cosechará únicamente lo que tú estés en capacidad de sembrar, de cuidar. Y eso fue, precisamente, lo que le hice notar a aquel amigo quejumbroso una vez terminó de exponerme quejas, de compartirme sus penas. “Ok, te entiendo”, le dije, “pero para poder ayudarte necesito que me respondas qué esperabas”, agregué.

“¡Qué se yo!”, espetó. “Ganar mucha guita, viajar, comprarles muchas cosas a los nenes, eso”, me dijo. Lo miré de nuevo con cara de sorpresa, pero esta vez sí hablé: “Y el propósito, ¿cuál era el propósito de este año? ¿Qué metas te trazaste en lo laboral, en lo personal?”, lo cuestioné. Su gesto adusto, con los músculos de la cara tensionados, me revelaron que no le gustó lo que pregunté.

Y lo entiendo, vaya si lo entiendo. En algún momento de mi vida, antes de darle un giro radical gracias al aprendizaje, a la formación adquirida y a poner en práctica ese conocimiento, la actitud que tenía frente a la vida era idéntica: quería que todo llegara gratis, que me llovieran del cielo los privilegios y el dinero. En otras palabras, quería cosechar algo que todavía no había sembrado.

Repito: no puedes exigirle a la vida lo que tú no le has dado a ella. Lo que ocurre es que nos enseñan a depender de lo que nos llega sin esperarlo, sin buscarlo, y se nos vuelve una manía. Nuestros padres nos lo dan todo, o al menos todo lo que pueden, y lo mismo sucede con los maestros en la escuela, con los amigos, con los jefes en el trabajo y hasta con la pareja.

Ese, sin embargo, es un camino equivocado. Es un enemigo silencioso que nos hace daño sin que lo percibamos y solo nos damos cuenta en el momento en que estamos hundidos en un hoyo. Y lo más complicado es que no queremos aceptar el error, no asumimos la responsabilidad, y por eso nos enterramos más. Hasta que la vida se encarga de abrirnos los ojos, a los golpes, con dureza.

Lo positivo, porque siempre hay algo positivo, es que la vida te va dando alertas, te presenta señales de que vas por el camino equivocado. Allá tú si las omites, si no les haces caso. Y ese era, precisamente, el caso de mi amigo: había ignorado por completo los mensajes que llamaban su atención y cuando por fin espabiló se encontraba en una situación incómoda, abrumado.

Esta son algunas de esas señales; más vale que no las pases por alto:

1.- No tienes el control. No puedes esperar resultados concretos en tu vida cuando vas por ahí a la deriva, sin rumbo, cuando no eres consciente de quién eres, de qué quieres, de cómo conseguirlo. En Método Alfa, mi formación especializada para reprogramar tu mente, el primer principio es

ese, precisamente: ser consciente, asumir el control de tu vida, llevarla por el camino que deseas.

Cuando no tienes el control, pierdes la motivación con rapidez, empiezas a ver obstáculos en vez de oportunidades y tiendes a rendirte antes de tiempo. Lo que haces no te satisface, porque es una vida diseñada por otros que, para rematar, va en contravía de tus dones, tus talentos y tus pasiones. Es cuando tus días se vuelven una completa pesadilla nada más al despertarte.

2.- Reaccionas emocionalmente. Estás a la defensiva permanentemente, porque te sientes acosado, atacado, percibes que todo el mundo está en tu contra. Entonces, te sales de casillas con el detalle más pequeño y entras en guerra contra el universo. No tienes un segundo de respiro porque ves enemigos por doquier, porque no duermes tranquilo, porque vives preocupado.

Acaso te calmas un poco con excesos en la comida o con la bebida, pero tarde o temprano te das cuenta del grave daño que te causas. El duodécimo principio del Método Alfa, comprensivamente, versa sobre este tema: la vida es como es, no como queremos, y hay que aceptarla así, disfrutarla así. Aprende de tus errores, aprovecha tus talentos y acepta de buena gana lo que recibes.

3.- Solo ves lo negativo. Eso era, precisamente, lo que le ocurría a mi amigo. En la vida, cada situación tiene dos caras, como las monedas: tú eliges la que más te guste. El problema es que la mayoría de las personas escoge lo negativo, lo destructivo, lo tóxico, porque quejarse es más fácil que hacer lo necesario para cambiar tu realidad. Lo peor es que piensas negativo y atraes negativo.

El noveno principio de mi formación Método Alfa es positivamente: la vida es del color que tú la pintas. Si quieres una vida gris, será gris; si quieres una vida multicolor, llena de alegría, así será. El poder de la mente es infinito, para bien o para mal, para positivo o para negativo. Tú eliges. Cuando solo ves lo negativo, no puede esperar que las bendiciones lluevan sobre tu vida.

La moraleja, amigo mío, es que si quieres cambiar los resultados, necesitas cambiar primero lo que haces y cómo lo haces, lo que piensas y, sobre todo, las creencias que controlan tus pensamientos y tus hábitos. Reconstruir tu vida es posible, cambiar el rumbo es posible, reprogramar tu mente es posible si así lo deseas. El Método Alfa es el kit de herramientas que te ayudará a conseguirlo.

>
Ir arriba