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Emprender un negocio propio debe ser la decisión más difícil de la vida. Lo digo por el calibre de las implicaciones: si fallas, si aciertas, si procrastinas. Sea cual sea el camino que elijas, tendrás que cargar con las consecuencias, lidiar con las culpas. No es fácil, lo sé porque lo viví en carne propia, pero también tengo la autoridad para decirte que, pese a las dificultades, es una gran bendición.

El pasado quedó atrás, nada de lo que hice lo puedo cambiar y, por más que viví momentos dolorosos, por más que sufrí lo indecible, por más que expuse mi salud, por más que me estrellé una y otra vez, ser emprendedor es lo mejor que me ha sucedido en la vida. Es, sin duda, la mejor decisión que tomé en mi vida, a sabiendas de que tenía poco margen de error, de que corría riesgos.

Antes de seguir, es pertinente hacer una aclaración: ¿qué entiendes por emprendimiento? Créeme que no es una cuestión menor. Para la mayoría de las personas, se trata de ser dueño de un negocio, de dejar de ese trabajo convencional que solo te produce infelicidad y convertirse en su propio jefe. Si eres de los que piensan así, amigo mío, déjame decirte pifias, que estás equivocado.

¿Por qué? Porque no se trata solo de dinero, no se trata de ser millonario, no se trata de posesiones materiales. Entonces, ¿de qué se trata? Ser emprendedor es poner tu conocimiento y experiencia, tus dones y talentos, tu pasión y tu vocación de servicio al servicio de otros. Se trata de convertirte en una herramienta a través de la cual puedes ayudar a otros para que alcancen sus objetivos.

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Te cuento mi caso: soy propietario de una empresa de turismo. La creé hace más de 20 años y es la que me brindó el principal sustento para mi familia en el pasado. Hoy, esa empresa está al mano de mi esposa Luciana, mientras que yo me dedico a lo que siempre quise: a ayudar a otros a avanzar y construir negocios rentables y exitosos. ¿Cómo lo hago? A través de mi conocimiento, de mi experiencia, de mis dones y talentos, de mi pasión.

En algún momento, la vida me indicó que iba por el camino errado. Me había equivocado muchas veces, pero insistía en seguir por allí; había tropezado cientos de veces con la misma piedra, pero no podía evitarla. Era joven, tenía toda la vida por delante, pero me di cuenta de que no era la vida que deseaba, de que no estaba feliz con esa vida más allá de que tenía dinero.

¿Ahora entiendes por qué te mencioné antes que no se trata de dinero? A pesar de que me iba bien, de que podía brindarle a mi familia el bienestar que deseaba y que ellos se merecen, de que muchas personas me veían como un modelo de éxito, me di cuenta de que iba por el camino equivocado. No era feliz con lo que hacía y cada día debía lidiar con una insoportable sensación de vacío.

Y eso, seguramente lo sabes, no se soluciona con dinero, no se soluciona con todo el dinero del mundo. Fue, entonces, cuando me di a la tarea de cambiar, de buscar una salida, de ver la luz al final del túnel. No fue un proceso fácil, ni agradable, porque tuve que confrontarme con mi pasado, con esos fantasmas que durante años me hicieron la vida imposible, que me hicieron sufrir.

Empecé a explorar, empecé a investigar, empecé a estudia y a aprender. Pedí ayuda, que fue una de las decisiones más importantes y más duras a las que me enfrenté. ¿Por qué? Porque nos enseñan que pedir ayuda es síntoma de debilidad, y no es así. Por el contrario, es una virtud, es entender y aceptar que no puedes solo, que tienes limitaciones y que necesitas de los otros.

Y es en esa relación con los otros, en ese intercambio de conocimiento y de experiencias, que encontré lo que deseaba. Descubrí que había sido muy torpe, que por cuenta de lo que habían grabado en mi mente cuando era niño me había perdido muchas aventuras gratificantes, muchas experiencias enriquecedoras, muchas relaciones maravillosa. Fue duro, muy duro, pero cambié.

Fue hace poco más de diez años que se dio en mi vida ese punto bisagra, un antes y un después. Hoy soy emprendedor en doble sentido: en el convencional, como dueño de un negocio, y en el ideal, como dueño de mi propia vida. Y déjame decirte que la diferencia no es semántica, no es un juego de palabras, sino algo muy profundo: hago lo que quiero, amo lo que hago y soy feliz.

De eso, amigo mío, se trata ser emprendedor. No de dinero, lo repito, sino de tu felicidad, de tu proyecto de vida, de conectar con tus sueños, de convertirte en un agente de transformación. El dinero, el reconocimiento y lo demás llegarán después, como consecuencia de lo que haces, de cómo lo haces, de para quién lo haces. Es algo que quiero hacer por el resto de mi vida, y en mis próximas vidas.

Soy feliz, soy abundante, soy próspero, le brindo bienestar a mi familia y cada día me levanto con unas ganas irreprimibles, con unos inmensos deseos de seguir adelante, de ayudar a más personas, de cristalizar más sueños, de cumplir más objetivos. A veces lo logro, otras, no. Pero, lo que importa es que ahora sé que voy por el camino correcto y no quiero desviarme ni un milímetro.

Por eso, te prevengo: antes de dar el primer paso, antes de pensar en qué negocios vas a crear, antes de hacer proyecciones de cuánto dinero vas a ganar, antes de lanzar un producto al mercado, piensa en ti. ¡Tú eres el activo más valioso de tu negocio!, la razón de ser de tu negocio, y por ende los resultados dependerán de ti, exclusivamente, de la mentalidad con que emprendes.

La primera tarea que debe abordar un emprendedor es la de formarse, la de conocerse a sí mismo, la de capacitarse (pero, no solo en el tema de tu negocio), la de adquirir las herramientas y los recursos que le permitan llevar la vida que quiere, que le den la posibilidad de ser dueño de su vida, de seguir el plan que eligió de manera consciente. De otra manera, tarde o temprano fallarás.

Conozco a muchas personas que dejaron atrás un trabajo convencional y crearon un negocio: lo único que lograron fue convertirse en sus propios jefes, pero continuaron atrapados en una vida que no los satisface, que no los hace felices. ¿Por qué? Porque siguen atados al pasado, siguen aferrados a relaciones tóxicas, siguen frenados por las creencias limitantes, siguen condicionados por otros.

Reconfigurar tu mente para el emprendimiento es tu primer trabajo. Dejar atrás tus miedos, el apego al pasado, las expectativas sobrevaloradas y todos aquellos pensamientos negativos que se manifiestas como obstáculos. El éxito no está en el balance económico de tu empresa o negocio, sino en si eso que haces contribuye a mejorar tu proyecto de vida, si te brinda lo que deseas.

Por eso, emprender un negocio propio debe ser la decisión más difícil de la vida. Sea cual sea el camino que elijas, tendrás que cargar con las consecuencias, lidiar con las culpas. No es fácil, lo sé porque lo viví en carne propia, pero también tengo la autoridad para decirte que, pese a las dificultades, acerté y no puedo ser más feliz, estar más pleno. Esa es mi gran bendición.

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