¿Cómo hacen estos tipos para ser felices? ¿Qué tienen ellos que no tenga yo? ¿Por qué, a pesar de los problemas, esas personas viven sonrientes? ¿Qué he hecho yo para merecer esta suerte? Estas y otras preguntas por el estilo taladraron mi cerebro durante años. Me quitaron el sueño, la tranquilidad, la paz y convirtieron mi vida en algo insufrible, me pusieron al borde del abismo.

Lo que más me mortificaba era darme cuenta de que hacía lo mismo que ellos, pero con unos resultados opuestos. Trabajaba de sol a sol, me esforzaba al máximo y hacía sacrificios, pero cuando llegaba el final del mes mi cuenta bancaria reflejaba una realidad diferente a la que yo esperaba. El dinero no me alcanzaba, no podía darme lujos, las deudas me tenían atrapado.

Estoy seguro de que conoces a alguien que ha estado (o está) en esta situación, o quizás tú mismo estés en este espiral sin fin. Lo que más me angustiaba era que no comprendía qué era lo que marcaba la diferencia entre mi vida y la vida de otros, de los felices, si al final de cuentas hacíamos lo mismo. Cada noche, esa idea me molestaba, me provocaba pesadillas, y no podía evitarlo.

Era algo que me carcomía, que me hacía mucho daño. No tardé en darme cuenta de que me había llenado de rencor, de resentimiento, de que envidiaba a esas otras personas que sí eran felices mientras yo seguía enredado en la maraña de dificultades, tropiezos y fracasos que me había dado a la tarea de crear. Mi vida se había convertido en una maestría del arte de fracasar, de ser infeliz.

Por fortuna, como bien reza el dicho, no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Dejé de resistirme, dejé de pelear contra todo y contra todos y me rendí. Sí, me rendí. Pero, de una forma distinta a la tradicional: me rendí para dejar de vivir esa vida de sufrimiento y de angustia, para enfocarme en construir una nueva basada en abundancia, prosperidad, paz y tranquilidad.

Necesité ayuda, mucha y calificada, de personas que ya habían pasado por lo mismo y habían conseguido reprogramar su mente. ¡Esa era la clave! En mi mente estaban grabados los mensajes equivocados, creencias limitantes, complejos, miedos y pensamientos tóxicos y negativos que me llevaron a un estado caótico. Tuve que borrar esa programación y establecer una nueva, distinta.

Cuando abrí los ojos y la mente, me di cuenta de cuán torpe había sido. Vivía mortificado porque estaba convencido de que era infeliz, pero a mi alrededor había mil y un motivos para ser feliz. También estaba seguro de que había nacido para ser un fracasado, pero descubrí una variedad de dones y talentos que me ayudaron a construir un nuevo camino, a desarrollar habilidades.

Vi el mundo de una manera diferente, ya no desde lo negativo, sino desde lo positivo. Y aprecié la belleza de la naturaleza, del atardecer, de la lluvia, de muchas otras pequeñas cosas que había ignorado en el pasado. Y me entusiasmé, te lo confieso, porque los males que aquejaban mi salud desaparecieron poco a poco, pude volver a dormir tranquilo y encontré razones para sonreír.

Lo mejor es que no fue algo circunstancial, transitorio, sino que gracias al aprendizaje adquirido y a la ayuda de mis mentores, que fueron fundamentales en este proceso, pude construir una nueva versión, un modelo sólido. No es que ahora no haya problemas en mi vida, o preocupaciones, o que no me equivoque, sino que asumo esas circunstancias como parte del proceso, ya no me dominan.

¿Cómo lo logré? A través de la reprogramación mental, de grabar en mi cerebro mensajes positivos y constructivos, mi vida cambió radicalmente. Lo mejor es que ya pasaron más de diez años desde aquel punto bisagra y no solo he podido mantener el camino, sino que además lo he reforzado. Adquirí hábitos y practico comportamientos que me permiten vivir en abundancia.

Estos son cuatro tareas que llevo a cabo cada día y que quizás puedan ayudarte a ti:

1.- Pienso positivo. Es fundamental, una condición indispensable. Quizás no te alcance para cambiar el mundo, pero sí seguro será el punto de partida para cambiar tu mundo, tu entorno. Todo, absolutamente todo, tiene dos caras, como una moneda: tú eliges con cuál te quedas, si la positiva o la negativa. Por supuesto, también asumes las consecuencias que acarrea esa decisión.

La vida es del color que la ves. Entonces, si a cada situación, si a cada persona, si a cada experiencia le das un valor positivo, si te quedas con lo bueno que de ofreció y desechas el resto, verás cómo tu vida es distinta, y mejor. Deja de autosabotearte, piensa positivo. Aléjate de lo tóxico, de lo negativo y destructivo y te darás cuenta cómo la vida te lleva por caminos fascinantes.

2.- Sé agradecido. Agradecer es el primer paso para vivir en abundancia. No importa que haya muchas cosas que la vida no te haya dado. Quizás no es el momento adecuado para recibirlo, quizás no estás preparado, quizás es algo que no te conviene. No te enzarces en esas minucias y enfócate, más bien, en cuanto hay a tu alrededor: bienestar, abundancia, paz, tranquilidad.

Cuanto más agradeces, la vida se encarga de rodearte de más situaciones positivas. Eso que llamamos negativo en algo que nos ocurre es, simplemente, una lección. Apréndela, agradécela y sigue adelante. Un gesto, una sonrisa, un abrazo, una demostración de afecto, un logro, una buena noticia, agradécelos. Te despojarás de la carga de la culpa y en tu vida brotarán las bendiciones.

3.- Sé útil para otros. Este, sin duda, fue uno de los aprendizajes más maravillosos después de que reprogramé mi mente. Antes, me concentraba en que mi conocimiento me brindara dinero, pero ahora utilizo mis dones y talentos, mi conocimiento y experiencia, en ayudar a otros. No solo lo disfruto, sino que ahora que entendí que el dinero es un medio, no un fin, le arrebaté el poder.

Más que el dinero que puedo recibir por mis servicios, por mi ayuda, lo que me hace feliz es el agradecimiento de otras personas, su generosidad para reconocer lo que hice por ellas. Esa es una recompensa mucho más valiosa que todo el dinero del mundo. Descubre cuál es el propósito de tu vida, para qué estás en este mundo, y no ceses de hacer el bien, de sembrar semillas de bondad.

4.- No te detengas. La esencia de la vida es el movimiento, el cambio. Nada, absolutamente nada, es hoy lo mismo que fue ayer y eso aplica, por supuesto, para los seres humanos. No te resistas al cambio y, más bien, busca lo positivo que trae para ti. Entiende que cada día es una oportunidad única, que no se va a repetir, y lo que hagas en esas 24 horas determinará tus resultados.

Aunque caigas, aunque te equivoques, aunque te critiquen, aunque estés cansado, aunque a veces no le halles un propósito a lo que haces, no te detengas. Si reprogramas tu mente, si sabes quién eres, si sabes qué quieres y haces lo necesario para conseguirlo, tarde o temprano obtendrás la recompensa. El mayor de los fracasos es renunciar a nuestros sueños, dejar de luchar por ellos.

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