Una de las situaciones a las que más nos cuesta adaptarnos a los seres humanos es aquella de lidiar con la forma en que nos ven los demás. Nos afecta lo que otros crean de nosotros, para bien o para mal, y eso nos condiciona, determina lo que pensamos y la forma en que actuamos. En especial, cuando la opinión que tienen de nosotros es negativa y nos invade el miedo al rechazo.

Desde que somos niños, en casa o en la escuela, nos enseñan a estar pendientes del qué dirán los demás. Lo peor es que a medida que crecemos nosotros mismos nos encargamos de reforzar esas creencias, esos miedos, ese rechazo. Nos queremos ver bien, pero por encima de todo queremos que los demás nos vean bien, nos acepten, nos aprueben, una suerte de juego maquiavélico.

¿Por qué? Porque si nos aprueban, les concedemos el control de nuestra vida y nos la pasamos tratando de revalidar esa aprobación, es decir, les concedemos el poder de dominarnos. Y si, por el contrario, nos desaprueban, entramos en pánico y no sabemos qué hacer con nuestra vida. Entonces, nos dedicamos a buscar que cambien su opinión, nos sometemos a sus caprichos.

Esa fue una situación a la que se enfrentó María a las pocas semanas de haber asumido a la Jefatura General de Internación de la clínica de Mar del Plata en la que trabajaba desde hacía varios años. Los que hoy eran sus subalternos, incluidos médicos y enfermeras, hasta hace poco habían sido sus compañeros, y no todos veían con buenos ojos la suerte de la nueva jefe.

Mirta, otra médica que había sido considerada para el cargo y que se había vinculado a la clínica unos meses antes que María, estaba decepcionada. Según ella, era la candidata perfecta y, por eso, le había caído muy mal el ascenso de su compañera y amiga. Cuando María asumió, Mirta se convirtió en una piedra en el zapato, en alguien que generaba mal ambiente e inconformismo.

Desde las primeras reuniones, se notó la hostilidad de Mirta, que criticaba todas las decisiones de María y lograba que otros médicos y enfermeras la apoyaran. Así, entonces, la que había sido la noticia más feliz de los últimos tiempos, se transformó para María en un nuevo dolor de cabeza que, aunque no se lo había dicho a nadie, no sabía cómo manejar. Estaba en un gran dilema.

Por un lado, no entendía la actitud de su amiga, a la que siempre apoyó y la que le prometió respaldar al ciento por ciento en caso de que ella fuera la elegida por la junta directiva de la clínica. Por otro lado, no quería perder a su amiga, a pesar de que se sentía incómoda por su actitud. Ese fue el tema de conversación durante la más reciente sesión de mi consultoría.

“Ay, Pablo, antes del nombramiento hubo muchos compañeros que me animaron, que me dieron su apoyo, que me dijeron que ese cargo era para mí. Sin embargo, cuando se hizo oficial, varios de ellos cambiaron su actitud y lo más duro fue que Mirta comenzó a hacerme oposición, relató. Me dijo, además, que le preocupaba que esa situación llegara a oídos de los directivos de la clínica.

Era notorio que su autoestima estaba golpeada. Aunque en una sesión anterior me había dicho que estaba convencida de que ese cargo estaba hecho a su medida, ahora las dudas la invadían y no sabía si haber aceptado fue una buena decisión. “Lo que ocurre, Pablo, es que no quiero que haya desavenencias en la clínica, no quiero ser el motivo de discordias con los compañeros”.

Lo primero que le comenté, y que la tranquilizó un poco, es que el miedo al rechazo es uno de los más comunes y, también, de los que menos sustento tiene. ¿Por qué? Porque por lo general los temores son una creación propia, una invención de nuestra mente traviesa, un reflejo de las creencias limitantes con que fuimos educados, del ejemplo que nos dieron nuestros mayores.

No puedes pretender que todo el mundo, incluidas personas cercanas como tu amiga Mirta, aprueben lo que sucede con tu vida. A veces, en las situaciones más insospechadas descubrimos que hay envidia o rencor acumulados que se manifiestan cuando menos lo esperamos”, le dije. Y agregué que mientras ella estuviera tranquila, lo único que debía hacer era seguir con su vida.

Un aprendizaje necesario en la vida, para evitarnos dolores de cabeza, es aquel de entender que no podemos gustarles a todos, que no podemos esperar la aprobación o el apoyo de todos. Y, de manera complementaria, aceptar que muchas veces son las personas más cercanas las que se convierten en la piedra de nuestro zapato, en el obstáculo que frustra nuestros sueños.

“Tú, María, no puedes cambiar lo que siente o lo que piensa Mirta, y tampoco puedes distraerte con eso. Te entregaron una gran responsabilidad, la vida te regaló la oportunidad que tanto deseabas y tu tarea consiste en enfocarte en disfrutarla y obtener los mejores resultados, le dije. “Procura que tu mente no te juegue malas pasadas, saca de allí esas películas de terror”, agregué.

Le aconsejé hacer caso omiso de la actitud de Mirta y, más bien, concentrarse en llevar a cabo con acierto las tareas que le encomendaron. Lo que otros opinan de ti no es tu problema. Tu problema es cuando esos pensamientos nos dominan. Cree en ti, en tu conocimiento, experiencia y confía en el apoyo de los directivos. No condiciones tus decisiones por pensamientos ajenos”, le expresé.

El miedo al rechazo y la necesidad de recibir la aprobación de otros surgen de nuestras inseguridades, de una baja autoestima. Se dan cuando no confiamos en nosotros mismos, cuando no somos conscientes de quiénes somos, de cuánto valemos, de cuáles son nuestras posibilidades. Son, nada más, excusas que nos inventamos porque elegimos ser emocionalmente dependientes.

¿Cómo así? Nuestros pensamientos y nuestros actos están condicionados por lo que piensen y digan los demás y, en consecuencia, también lo está nuestra autoestima, lo que pensamos y sentimos acerca de nosotros mismos. “No les des alas a tus pensamientos negativos, a tus miedos, y más bien disfruta este momento por el que tanto habías esperado”, fue el consejo que le di.

Cuando caemos en la trampa de las emociones, cuando nos comportamos según los designios de otras personas, nos provocamos heridas que muchas veces tardan en sanar. Y que, como en el caso de María, se convierten en obstáculo en camino de nuestros sueños. Lo que otros piensan de ti no eres tú: tú eres la vida que puedes construir de manera autónoma, intencional y consciente.

“María: el resultado de tu gestión en la Jefatura General de Internación no dependerá de lo que piense o diga Mirta, así sea tu amiga, sino de tus acciones y decisiones. Haz tu trabajo tan bien como puedas y guíate por tu corazón, no por lo que digan otras personas”, concluí. María se fue más tranquila, dispuesta a no permitir que alguien lastime su autoestima o frustre su sueño.

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