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Una de las principales fuentes de infelicidad del ser humano, y el origen de otros problemas como la ausencia de abundancia, de prosperidad y de éxito, es que estamos convencidos de que la vida nos debe. Sí, creemos que la vida no nos compensa lo que le damos, que no nos brinda lo que le pedimos, que está en deuda permanente. Es por culpa de las benditas (¿o malditas?) expectativas.

Las expectativas son algo natural en el ser humano, especialmente por su afán de saber qué pasará mañana (el futuro) o por su tendencia a pretender que la vida sea perfecta. Sin embargo, ninguna de estas dos opciones es real: nunca sabremos qué nos depara el futuro y nunca vamos a tener la vida ideal, sin complicaciones o dificultades. ¿Y qué tal una vida sin expectativas?

Lo primero que hay que decir es que las expectativas son aprendidas y programadas en nuestra mente. Sí, nos las transmiten desde que somos niños y nos las refuerzan a lo largo del resto de la vida. “Tienes que ser un gran médico, como tu padre, como tu abuelo, como tus hermanos mayores”, le dicen al pequeño que ni siquiera sabe aún qué quiere hacer con su vida, que todavía no descubrió su propósito, dones y talentos.

Lo programan, lo limitan, lo direccionan por un camino que, quizás, seguramente, no es el suyo, no es el que desea. Después, con el paso de los años, esa persona no logra los objetivos impuestos, no consigue las metas previstas, no satisface las expectativas de otros. Y, entonces, se la tilda de fracasada, se le carga con una pesada culpa, se la llena de miedos y resentimientos. ¡Es terrible!

La lección es que lo único que nos garantizan las expectativas es la frustración. Las mayores desilusiones de la vida provienen, precisamente, de expectativas exageradas. Lo que esperas de tus padres, de tu familia, de tus amigos, de tu pareja, de ti mismo. ¿Y por qué? Porque idealizamos lo perfecto, asumimos lo perfecto, y, como ya lo mencioné, ese estado no existe, no es posible.

Son fruto de las imágenes que forjamos en la mente, que es traviesa y caprichosa. Creemos que la realidad es la que imaginamos, no la que es y, por eso, después sufrimos grandes decepciones. “La vida me trata mal, Pablo, me golpea muy duro”, es una frase que escucho con frecuencia. Unas palabras que denotan expectativas no cumplidas, deseos irreales, escenarios que solo viven en la mente.

El problema es que no sabemos vivir sin expectativas. Todos, absolutamente todos, tenemos expectativas de diversa índole: en la vida personal, en la sentimental, en las amistades, en lo económico y, por supuesto, en lo laboral. Y este es un campo en el que los emprendedores, en especial, tenemos que aprende a lidiar con la ansiedad, con los deseos, con los resultados.

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En este punto, es justo decir que las expectativas no son buenas o malas por sí mismas. Su impacto depende del poder que tú les des, de la carga que les otorgues. Las expectativas bien gestionadas son como un faro que nos guía, una luz que nos indica cuál es el camino, una cinta elástica que nos permite exigirnos y dar un poco más de lo común. La clave está en aprender a controlarlas.

Sí, porque los males que se desprenden de las expectativas surgen del exceso: esperas más de una situación específica, de una persona, de una relación, de un trabajo, de un cliente. Y dado que nos convencemos de que la realidad es exactamente igual a como son nuestras expectativas, después no sabemos qué ocurrió, qué falló, y comenzamos el proceso de buscar culpables. ¡Y solo hay uno!

Sí, el que está frente a ti cuando te miras en el espejo, ¡tú! El problema con las expectativas es que son fundamentales en la forma en que nos relacionamos con los demás, en que construimos nuestro mundo, en que nos comportamos. El problema con las expectativas es que nos aferramos a ellas, las asumimos como ciertas antes de que se cumplan, condicionan nuestro pensamiento.

Repito para que no te queden dudas: las expectativas no son buenos o malas; el resultado es fruto de cómo las gestionas. Cuando sobrepasan la delgada línea entre lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, lo conveniente y lo perjudicial, dejamos que entre en juego la presión de otros, de la sociedad. Permitimos que las creencias nos muestren una realidad que no existe y lo pagamos caro.

Cuando traspasamos la línea, cuando ingresamos al terreno de las falsas expectativas, corremos el riesgo de que estas condiciones y distorsiones las decisiones que adoptamos, la forma en que nos comportamos. De esa manera, nuestras reacciones son erradas, por lo general sin justificación: nos tornamos agresivos, culpamos a otros de algo que no es su responsabilidad. ¡Es una pesadilla!

Hubo un momento de mi vida en el que me vi afectado por las expectativas. Fue cuando comencé cada uno de mis negocios: soñaba con volverme millonario en poco tiempo, creía que mi producto iba a ser adquirido por todos, imaginaba que iba a ser un camino de pétalos. Sin embargo, la realidad fue distinta, a veces contraria: me sumía en la depresión, me llenaba de ira y de miedo.

Fue gracias al conocimiento que adquirí, al aprendizaje surgido de los errores y al consejo de mis mentores que pude comprender que había traspasado la delgada línea y estaba en el terreno de las falsas expectativas, de las expectativas dañinas. Aprendí a gestionarlas, a no esperar nada de nadie, nada de la vida que cada día me lo da todo; aprendí a dar lo mejor de mí siempre.

Y en esto último, en dar lo mejor de ti en cada situación, radica el éxito contra las expectativas. Además, entendí que las personas cambiamos, que la vida cambia, y que, por eso, debemos ser pacientes, tolerantes, comprensivos. Y, sobre todo, me di cuenta de que las expectativas no pueden hacerme daño si no lo permito, si las controlo, si las gestiono adecuadamente. ¡Es increíble!

Por si no lo sabes, el exceso de expectativas, las falsas expectativas, son una distorsión de la realidad, una creación de tu mente, un desborde de tu imaginación. Por lo general, son hechos o situaciones que nunca se van a dar, que no son posibles. Se trata de imágenes que se forman en la mente en virtud de lo que deseamos, de lo que aspiramos, de lo que nos gustaría que ocurriera.

La estrategia más efectiva para lidiar con las expectativas y evitar que se conviertan en algo odioso es vivir el día a día sin afanes, apreciando y aprovechando la oportunidad que significan esas 24 horas. Agradece lo que recibiste de la vida y de otros y no te desanimes por aquello que quedó pendiente: para cada bendición hay un momento indicado; sé paciente, construye esa vida que deseas y, cuando llegue, ¡disfrútalo!

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