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Una de las características del ser humano que quizás nunca llegue a entender es aquella de infligirse, es decir, causarse daño a sí mismo. En algunas ocasiones lo hace de modo inconsciente y otras, la mayoría, conscientemente, es decir, a sabiendas de que puede, incluso, destruirse. Sin embargo, lo hace una y otra vez, y otra más, y de formas tan diversas como es posible.

Una de ellas, quizás de las más dañinas, es a través de los mensajes que nos enviamos, de la forma en que nos hablamos. A todos nos ha ocurrido que intentamos llevar a cabo una tarea, como la de configurar el nuevo teléfono celular, y no somos capaces. “Pero, ¡qué bruto soy!”, nos decimos en silencio, resignados a pedir ayuda. Y nos quedamos con esa idea: no podemos, no somos capaces.

Quizás el ejemplo te parezca demasiado sencillo, pero la verdad es que encierra una realidad muy dura: no nos aceptamos tal y como somos, con limitaciones, y nos ponemos la vara muy alta, queremos ser perfectos. Cualquiera de los dos extremos es perverso, porque el mensaje que nos transmite es que no servimos. Así, entonces, despreciamos los dones y talentos que poseemos.

Hay dos fuentes de contaminación del ser humano: las externas y las internas. Las primeras son las que provienen de personas o ambientes de nuestro entorno. Por ejemplo, lo que nos dicen nuestros padres, nuestra pareja, nuestros amigos o, inclusive, la sociedad a través de la publicidad o los medios de comunicación. Es retórica pura: mensajes dañinos que se repiten mil y una veces.

Las segundas son las conversaciones que sostenemos con nosotros mismos. Son conversaciones privadas, en el sentido que la mayoría de las veces son inconscientes o, cuando menos, en silencio, para nuestros adentros. Las realizamos todo el tiempo, todos los días, solo que no nos damos cuenta: nuestro interlocutor es esa traviesa vocecita interna que nos condiciona, nos limita.

“No lo hagas”, “Tú no eres capaz”, “Mejor vete a descansar y lo haces mañana”, “No te dejes ofender, ¡respóndele!” y otros muchos mensajes que nos inducen a tomar decisiones o a realizar comportamientos que, en ocasiones, riñen con nuestros principios y valores o, peor aún, con nuestros intereses y beneficios. Son mensajes que, por lo general, se presentan como miedos.

Poco a poco, así como la gota de agua que logra traspasar la piedra, esas conversaciones internas nos convencen de no hacerlo, de postergarlo, de renunciar a nuestros sueños. Son impulsos muy poderosos que nos conducen a decisiones equivocadas, que nos llevan por atajos riesgosos. Más tarde, cuando cometemos el error, no somos conscientes. “¿Por qué hice esto?”, nos preguntamos.

El poder de la mente es ilimitado, quizás lo sabes. Y tiene una característica especial: es obediente, muy obediente. Por eso, debemos aprender a ser precavidos con los mensajes que le enviamos, porque la mente no procesa nada: recibe y acumula. Luego, cuando nos enfrentamos a una situación similar a la que generó ese mensaje, emite una respuesta acorde de manera automática.

Un día, por ejemplo, en tu niñez, mientras jugabas en la pileta con tus hermanos y otros familiares, sufriste un ataque de pánico y casi te ahogas. Desde entonces, les tienes fobia a las piscinas y también al mar. Y muchos años después, durante unas vacaciones, no puedes disfrutar del mar porque hay algo dentro de ti que te dice que es peligroso, que puedes sufrir un accidente.

No sabes qué es, quizás ni siquiera recuerdas aquel episodio de cuando eras niño, pero en tu mente está grabado el mensaje. Funciona de la misma manera cuando, por ejemplo, tomas un curso de idiomas, porque quieres aprender inglés, pero no lo apruebas. “No sirvo para esto”, te dices de manera categórica y, de inmediato, tu mente incorpora la idea de que no puedes ser bilingüe.

¿Entiendes cómo funciona? El poder de la mente es ilimitado, repito, y suele ser perverso cuando la programamos con mensajes negativos, dañinos, tóxicos. Lo positivo, porque siempre hay algo positivo, así como todo moneda tiene dos caras, es que también puedes programar tu mente para lo constructivo, puedes condicionarla para que te ayude a tomar decisiones correctas.

No es que la mente sea una enemiga, como algunas personas creen, porque la mente en esencia no es positiva o negativa: depende de cómo la programes, depende de qué clase de mensajes le envíes. Lo bueno es que la mente es dócil, es noble, y te acepta tanto lo bueno como lo malo, lo positivo como lo negativo, y lo hace de buena gana. En otras palabras, el poder está en ti.

Sí, en los mensajes que te emites, en las conversaciones que realizas contigo mismo. Sin embargo, quiero hacer énfasis en algo importante: a diferencia de lo que la mayoría de las personas cree, no se trata de decirte que eres el mejor, que sí puedes, que eres invencible, porque esos mensajes no surten efecto. La mente es dócil y noble, como ya lo mencioné, pero no te creas que es boba.

¿Cómo es, entonces? A través de las autoafirmación. ¿Sabes de qué se trata? Del convencimiento de lo que tienes, de lo que eres, de tus dones y talentos, de tus habilidades y capacidades, así como de tus limitaciones. Consiste, básicamente, en imaginar situaciones agradables futuras y conversar con nosotros mismos en segunda persona (tú). Parece algo trivial, pero no lo es.

La clave está en qué significado tiene esa situación para ti. Si es algo sin importancia, nada va a suceder. En cambio, si es algo que realmente te interesa, en tu cerebro se activan las áreas relacionadas con la recompensa. Quizás durante una entrevista de trabajo te piden que imagines qué será de tu vida dentro de 5 años, pero eso es algo que no te preocupa, no lo vislumbras.

Ahora bien, si te piden que pienses en qué situación estarás con tu pareja en 5 años no cabe duda de que es algo que te interesa, y mucho, porque vislumbras una familia feliz, tus hijos pequeños, un bienestar, en fin. En la primera situación a lo mejor no puedes establecer una conexión poderosa, mientras que en la segunda la mente te lleva de inmediato a un escenario feliz, ideal.

Esto, según algunas investigaciones científicas, nos aporta una energía extraordinaria a la hora de tomar decisiones importantes. ¿Por qué? Por el poder de la autoafirmación. Nos vemos en una situación futura en condiciones favorables y, entonces, podemos hallar de manera más sencilla la salida a ese laberinto en el que nos hallamos en el presente. Es autoestima, es autoconfianza.

Además, la clave está en hablarte a ti mismo como si fueras otra persona. Por ejemplo, “Pablo, tú eres capaz” o “No te lo niegues, porque te lo mereces” o “Ya lo hiciste una vez, así que ahora es solo un trámite”. ¿Entiendes? De esta manera, según los científicos, tomamos distancia de las emociones, que también son traviesas, vemos la situación desde otra perspectiva, más racional.

Así, entonces, estamos en capacidad de tomar mejores decisiones. Es lo que llamamos ver los toros desde la barrera: percibimos todo el escenario, no solo una parte, y esto nos ayuda a salir bien librados en situaciones en las que, de otra manera, tiraríamos la toalla rápidamente. En vez de encerrarnos en el interior, de escuchar esa vocecita traviesa, reflexionamos y acertamos.

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