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Cada día tiene 24 horas, o 1.440 minutos, o 86.400 segundos. Así es para ti, para mí, para todo el mundo. Sin embargo, muchas personas están convencidas de que no les alcanza el tiempo y se la pasan exclamando que necesitan días de 36 horas para poder cumplir con las tareas previstas y, sobre todo, para acabar con esa permanente ansiedad que produce infelicidad.

Vamos a coincidir con que la cotidianidad no es fácil en el mundo moderno. ¡Vivimos en un mundo de locos!, a la carrera, como si la vida fuera una competencia, sin poder darnos tregua. Cada día es igual al anterior, de tal manera que lo único que hacemos es acumular frustraciones, desdichas y amarguras. Entonces, más que vivir lo que hacemos cada día es resistir, tratar de sobrevivir.

Por supuesto, eso no es vida. Sin embargo, no encontramos una salida. Desde niños, nos enseñan que ese es el curso normal de la vida, y el ejemplo que nos brindan nuestros mayores no hace algo distinto a confirmarlo. Ellos viven acosados, atormentados, agobiados por el trabajo, por los compromisos, porque no les alcanzar el tiempo, porque no les queda un segundo para vivir.

Lo más preocupante es que se trata de un mal hábito adquirido. Sí, uno que se transmite de generación en generación, como si fuera una condena. Es una pesada lápida que cargamos sobre la espalda y que luego la traspasamos a nuestros hijos, para que ellos continúen la tradición. Y así se nos pasa la vida, de carrera en carrera, sin poder disfrutarla, hasta que se nos acaba la vida.

El problema es que no sabemos cómo salir de ese círculo vicioso, una especie de rueda de hámster en la que damos vueltas y vueltas y no conseguimos avanzar. Nos enseñaron que para ser felices tenemos que estudiar, graduarnos, conseguir un trabajo, destinar los mejores años de la vida a esa labor (cueste lo que cueste) hasta llegar a la edad en la que podamos descansar.

Sin embargo, cuando llega ese momento, estamos tan cansados, física y mentalmente, que no podemos disfrutar. Esa, sin duda, es la peor de las frustraciones: después de tanto trabajo, de tanto sacrificio, de tanto esfuerzo, siempre pensando en ese día en que podemos descansar, no sabemos qué hacer para aprovechar ese tiempo que nos queda, y nos agobia la angustia otra vez.

Hasta que concluimos que solo hay dos opciones: resignarnos o regresar a esa vida ocupada en la que, por lo menos, el corre corre de la rutina evitaba que nos atormentaran los pensamientos. ¿Lo ves? Un terrible círculo vicioso del que no conseguimos salir. Construimos una vida que solo nos conduce a la desdicha, a la amargura, a la frustración, al dolor. ¡Desperdiciamos la vida!


¿Hay algo que podamos hacer? ¿Podemos evitar este triste y dramático viaje?

Sí, claro que sí. Lo primero que debes hacer es cortar de raíz la conexión que te ata a esas creencias limitantes con las que te programaron el cerebro cuando eras niño. Después, tienes que cambiar los hábitos que te llevan a repetir esas conductas perversas una y otra vez. Y, por último, debes aprender a vivir.

¿A qué me refiero? A disfrutar el momento. Lo que ocurre es que nos enseñan que necesitamos tiempo, mucho tiempo, para ser felices. Que debemos estar todo el día con los hijos, con la pareja, con los amigos, en el trabajo, y lo único que logramos es crear un gran conflicto: ¿cómo estar con todos, cómo multiplicarnos? Además, priorizamos el dinero y lo material sobre lo importante.

¿Y qué es lo importante? Esos instantes de felicidad que solemos despreciar, que no valoramos. Vamos en busca del premio gordo de la lotería y no nos damos cuenta de que ya somos multimillonarios porque tenemos una vida, salud, familia, amigos que nos aprecia, una misión y la posibilidad de multiplicar estos beneficios compartiéndolos con otros, ayudando a otros.

Si eres padre, ¿hay algo que te dé más felicidad que la sonrisa de tu hijo? ¿Que un abrazo de tu hija? ¿Que un almuerzo familiar en el que el centro de atención sea el compartir? ¿Que pasar un rato con los abuelos y gozar viendo cómo disfrutan de los nietos? ¿Que un rato de soledad, un tiempo para ti en el que te reconcilias con la vida y contigo mismo? ¿Hay algo que dé más felicidad?

Tenemos que dejar de pensar tanto en lo que tenemos que hacer y simplemente hacer. Sí, de manera espontánea, como una respuesta emocional automática. Si te gusta el mate o el café, tómate tu tiempo para degustarlo, para disfrutarlo sin interrupciones. Si te gusta conversar con tus amigos, dedícales el tiempo necesario sin que las distracciones cotidianas echen a perder el momento.

Una advertencia, eso sí: no se trata de cantidad, sino de calidad. ¿Qué quiero decir? Que no porque pases más tiempo con tus hijos vas a ser más feliz. Lo que importa en realidad es que esos minutos que les dediques estés conectado al ciento por ciento con ellos, enfocado en ellos, que te entregues íntegramente para que cuando la experiencia se termine haya sido gratificante para todos.

Tenemos que aprender a establecer períodos de tiempo, así sean solo unos pocos minutos, en los que nuestra atención esté enfocada en los que amamos, en lo que nos apasiona, en lo que nos hace felices y con quienes somos felices. No es cuestión de cantidad, sino de calidad. Dedicar ese tiempo a la socialización se traduce en un sentimiento de libertad que nos libera de lo que nos hace daño.

Busca esos espacios libres, promueve esos espacios libres, así sean solo cinco minutos varias veces al día. Llama a tu pareja y dile que la amas, que es muy importante para ti. Ve a casa de tus padres y dales un abrazo. Busca a ese amigo con el que discutiste y reconcíliate con él. Ve a un lugar en el que puedas estar solo y agradece a la vida por cuanto te brinda, por lo generosa que es contigo.

Nos la pasamos agobiados, ansiosos y frustrados porque creemos que la vida no es agradable, que no es lo que queremos. Es porque vamos en busca del premio gordo de la lotería y no nos damos cuenta de que ya somos multimillonarios de muchas formas maravillosas. Esos espacios libres que dedicas a disfrutar la vida y aquello que ella te brinda es eso que llamamos felicidad.

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